Antoni Miró (Alcoi, 1944) ha sabido, sin duda, combinar en su trayectoria personal una gran versatilidad de iniciativas, tanto directamente de tipo creativo -en su eficaz dedicación a muy diversas modalidades de propuestas estéticas- como atendiendo incansablemente al fomento y la promoción cultural. Cronológicamente no es fácil establecer en el ya considerable conjunto de su producción artística una cierta periodización en lo que respecta a la utilización de recursos, técnicas y opciones estilísticas, dado que, de hecho, Antoni Miró sobre todo antes de abordar decididamente los derroteros del realismo social no titubeaba lo más mínimo con cuanto, de uno u otro modo, llegaba a sus manos y lograba despertar su interés.
Sin embargo, junto a la citada inquietud investigadora y experimental, volcada directamente en las diversas vertientes de los lenguajes estéticos y en los diferentes medios expresivos, cabe asimismo resaltar como una especie de común denominador, que se mantiene a lo largo de su itinerario artístico ese afianzado talante de entrega y compromiso con la realidad circundante y con el pulso global de la existencia cotidiana que, sobre todo, se evidencia y madura en las series pictóricas producidas en las últimas décadas. Es así como el dilatado conjunto de trabajos artísticos recogidos bajo las respectivas nominaciones de «Amèrica negra» (1972), «El Dòlar» (1973-80), «Pinteu pintura» (1980-90) o «Vivace» (desde 1991) por citar algunas de las series quizás más relevantes y características de su itinerario son, sin duda, plenamente representativas de esa atención que Antoni Miró sabe prestar, estratégicamente, bien sea a la extrapolación de la oportuna cita referencialmente histórica, a su reutilización casi emblemática como fuerte imagen simbólica, productora, por ello, de elocuentes contrastes, o bien a la escueta y eficaz intersección de los estrictos valores plásticos con los valores propiamente existenciales, siempre, eso sí, desde una perspectiva marcadamente social, ecológica o cultural. Mucho más radicalizado en sus propios planteamientos que otras opciones quizá análogas o históricamente paralelas, el quehacer artístico de Antoni Miró primero como grito de denuncia y liberación, luego certeramente como sosegada e incisiva reflexión a propósito de su propia actividad pictórica, es decir sobre el hecho mismo de pintar pintura o sobre la acuciante situación del entorno humano y natural ha ido adoptando, sin embargo, en muchas de sus singulares propuestas una creciente gradación expresiva, al socaire de los efectivos registros del humor, de la oportuna ironía o incluso, dado el caso, de la sátira despiadada. De hecho, a través de los montajes compositivos que, con no poca agudeza e ingenio, adopta en sus siempre cuidados trabajos, basados por lo general en los explícitos códigos y estrategias lingüísticos propios de los medios de comunicación de masas, logra asegurar desde dentro y haciendo suyos los mismos recursos que fustiga una inquietante función catártica sobre el sujeto de la recepción artística, que ciertamente no puede limitarse, sin más, a ser neutral o indiferente contemplador de la argumentada temática que se le ofrece. Ejemplos recurrentes de cómo utilizar, con indiscutible eficacia, el carácter conminatorio de los efectos visuales, las intervenciones plásticas de Antoni Miró no están nunca exentas de un elocuente índice reflexivo. Porque si es evidente como bien se ha insistido una y otra vez que puede ser la suya una «pintura de concienciación», no es, además, menos cierto que en su proceso creativo se incluye, al menos en igual medida, un destacado grado de autorreflexión del quehacer artístico sobre sí mismo, lo que conduce, a su vez, hacia la creciente «concienciación de la pintura».
Tal sucede por ejemplo, de manera, por cierto, muy singularizada hay que reconocerlo sin tapujos, en la ya extensa serie pictórica titulada «Vivace», donde la función estética y la función social se articulan íntimamente, a través de la cadena de sus juegos metafóricos, en torno a un emblemático y ecológico vehículo. Las bicicletas de Antoni Miró han desbordado ciertamente el horizonte de nuestra fantasía y han sabido aglutinar, sobre si mismas, las relecturas culturales y los guiños del humor, siempre frente a un panorama natural que en elocuente contrapartida no deja tampoco de aguijonear, sin disimulos incluso desde su cuidada y revulsivamente amable representación nuestra respectiva cuota de individualizada responsabilidad, ante la situación del entorno ambiental. De nuevo, pues, nos topamos con la rica e inagotable metáfora del viaje. Pero en ese viaje visual, al que nos invitan sagazmente las inolvidables bicicletas de Antoni Miró, tomamos conciencia, sin duda, de que las circunstancias de la existencia no son inocentes, como tampoco son inocentes nuestra miradas apelativas o nuestros deseos, ni nuestras palabras, ni nuestra experiencia estética ante sus cuadros. La
naturaleza misma cada vez más se ha revestido ineludiblemente
de historia y de cultura. Quizás sean justamente ésas
las dos ruedas de las bicicletas de Antoni Miró que chirrían
con pertinaz insistencia, a la vez que saben cautivar los silencios
cómplices de nuestras miradas.
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